jueves, 4 de mayo de 2017

abstracto 

Hay una mariposa tatuada en mi hombro intentando volar, pero no le dejo. Le corté las alas obligada antes de aprender a andar, fue la última vez que se pararon los relojes, y con ellos el tiempo. Pensaron que solo duraría siete días, pero lleva aquí conmigo dos vidas y media y mírala, en una jaula que acaba mal cerrada. Intentando encontrar el cielo, pero solo puede conocerme a mí. No sé por qué sigue conmigo después de tantas estaciones lloviendo, pero cada vez que se intenta liberar me duele el pecho, asfixiándome sin que se note demasiado, dejándome sin respiración pero con un mar cayendo por mis mejillas.

Siento que nunca volaras pequeña, tal vez en la siguiente vida.


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Una vez conocí a una mariposa de alas grandes, antes verdes y luego vestidas de luto, rotas más de lo que podía soportar para poder volar. Se le posó en el hombro a una niña de largas trenzas y ojos del color de las estrellas, y se quedó a vivir en ella. 

Murió el mismo día en que está dijo su primera palabra, pero había demasiados gritos allí dentro para poder oírla. Después todo olía a despedida. 

Un corazón dejó de latir mientras un cuerpo ya tintado de gris quedaba sellado en la diminuta espalda de una inocente, ahora ya condenada para siempre.

Y así empezó la historia del primer duelo.

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